
La canción ahora viaja en colectivo
Junto a The Nada, el músico da un paso adelante, abriendo caminos diferentes.
No es casual. En The Nada abundaba el spanglish, y el hit más resonante
del disco informaba que “vamos a comer a lo de Beto, que nos hizo
guacamole...”. En el segundo se profundizaba aquello de las canciones
desgeneradas, y en la tapa el artista reptaba de espaldas, dividido
entre el Sur o no sur. Desde entonces, gracias al éxito de Down with My
Baby pero también al reconocimiento popular para un músico cuyas
canciones lo merecían, la carrera de Kevin Johansen tomó un impulso que
cimentó aquella decisión de volver al pago e instalarse. Por eso la
tapa de City –Zen, el flamante nuevo disco del
argentino, estadounidense, alaskeño, neoyorquino, que hoy abraza su
porteñidad plantando bandera en el techo de un 60, el bondi por
excelencia. Sesenta, precisamente, son los minutos que insume la
escucha de este nuevo experimento de Johansen y su grupo The Nada,
diecinueve canciones que abren nuevas puertas y ayudan a descartar
algunos prejuicios construidos recientemente alrededor de su figura.
Y vale la pena detenerse en un par de esos prejuicios. Por ejemplo, que
Johansen prendió fuerte en el público snob de Palermo “Hollywood”, lo
cual parecería convertirlo automáticamente en un ejemplar de esa fauna.
O que lo suyo es más un chiste musical que un ejercicio del arte de
componer canciones. O que su peculiar mestizaje de idiomas esconde
carencias poéticas, o que el “Barry White Meets Nirvana” de Down with
My Baby fue un calculado movimiento para ganarse a las nenas. Ninguna
de esas teorías, afortunadamente, encuentran algo de qué agarrarse en
este City –Zen en el que spanglish aparece con cuentagotas y las
“bromas musicales” se limitan a unos pocos ejemplos y bien inspirados
(Desde que te perdí y Atahualpa, you funky!, los bellos climas y cortes
de Tom Zen, meditación y tropicalismo a partes casi iguales). Por sobre
todo, un disco en el que Johansen se dedica con pasión a construir
canciones de la mejor artesanía.
Así como cierta teoría futbolística indica que “el 2-0 es el peor
resultado”, alguna vez se ha escuchado que “en el tercer disco pelás o
fuiste”. En su opus tres, Kevin pela con ganas, y se respalda en un
equipo de categoría. The Nada no es una simple banda de compañía, sino
un colectivo –valga la redundancia– ideal para expresar las melodías
del compositor jefe haciendo alarde de sutileza. Un grupo dúctil en su
lectura y recreación rioplatense, que da aire vital a grandes momentos
como el íntimo y oscurito Push Your Luck (“Tengo solo un mango en el
bolsillo, pero me siento dueño del mundo...”), las bellas All I Wanna
Do Is You y I Don’t Know y el encantador Milonga subtropical, donde
vuelve a quedar demostrado que el acercamiento de KJ al acto de hacer
música es bien serio, y donde León Gieco aporta un tono vocal casi
desconocido en él.
Los invitados hacen su aporte, pero en la interrelación con el
protagonista se advierte la misma intención de pintar colores
conjuntos, antes que darle cuerpo a un “encuentro de figuras”. Allí
está Vicentico para el juguetón Oops, cantando y recitando. Allí está
también Jorge Drexler para el relajado dueto de No voy a ser yo, con el
aporte de Dani Buira en los parches, y otro uruguayo notable, Fernando
Cabrera, para el tanguito Buenos Aires anti-social club y El
incomprendido, otro gran pasaje del disco, con un comienzo arrastrado y
un final de polka a todo gas en el que mucho tiene que ver la mano
experta del baterista Zurdo Roizner. Y para seguir en la orilla
oriental, Rubén Rada pone ese tono cavernoso que lo distingue en Twist
del rezo, donde el aire amable no impide que quede flotando una frase
con tanto peso como “Me quedé escuchando que algunas risas parecen
llantos”. De cualquier manera, el mejor cruce se produce en el final,
el track que pone la cereza en la torta y deja al oyente con una
imborrable sonrisa de satisfacción. En Everything Is (Falling into
Place), Kevin y su hija de 7 años, Miranda, despiden este City –Zen con
un canto que es puro amor, una melodía luminosa en la que la grave voz
del padre y el dulce coro de su hija se unen y entonan un “everything
is, everything is” que condensatoda la alegría, la ternura y la belleza
que sólo una canción puede lograr. Derribando, de paso, todos los
prejuicios.
Eduardo Fabregat
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